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Instrumentos de bendición

Mateo 10:8 Reina-Valera 1960

Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.

Conocer a Cristo es lo mejor que puede pasarnos en la vida, el reconocer el amor y favor de Dios, lo cambia todo, deja atrás las heridas, el dolor, la tristeza pero además previene y forma personas mejores, mujeres y hombres de bien.

Muchos conocimos a Dios desde niños, porque por su gracia alguna persona en nuestra vida, nos presentó el amor más maravilloso que puede existir, un amor que es inagotable y que puede hacernos libres: el amor de Jesús. ​​

Otros no supieron de Él de niños, sino de jóvenes o adultos, sin embargo a lo largo de su vida conocieron a una o varias personas que plantaron esa semilla, y dejaron esa espinita de que había más que lo que el mundo ofrece y que sus problemas, dolores, o simplemente sus vacíos podían ser llenados con el más grande amor y perdón.

Muchas veces creemos que es más fácil “nacer en cuna cristiana” porque así no te alejarás de Dios nunca, pero esto es un gran mito, porque aunque es una bendición que desde niños se pueda conocer de su amor, lo cierto es que si no hay apoyo ni seguimiento muchos terminan alejándose o enfriándose, y llegan a ser jóvenes y adultos que saben que existe Dios pero eso no hace ninguna diferencia en sus vidas.

En ambos casos, antes de reconocer a Cristo como nuestro Salvador, puede que más de una vez sintieras pereza de escuchar a estas personas hablando de lo mismo “sermoneándote” o nada más no entendías de qué hablaban porque parecía locura entregar tu vida a alguien que no conocías.

Pero quizás sin darnos cuenta, todas y cada una de esas personas que nos hablaron, predicaron o enseñaron estaban siendo instrumentos de Dios, para que con su tiempo, su insistencia, sus palabras y su oración, fuera plantándose en nuestro corazón la semilla de su amor, una semilla que fue creciendo hasta que nos llevó a reconocer que no podemos vivir sin Él, y que nos llevó a invitarle a cenar con nosotros y a anhelar que permaneciera a nuestro lado para siempre.

Esta persona pudo ser una mamá, un papá, un hermano, un maestro, un compañero de la universidad, del colegio, del trabajo o hasta una persona que se sentó a tu lado en el bus. Personas que Dios usó para llevarnos hasta Él, y que cumplieron con el mandato que Jesús nos dejó en:

Marcos 16:15 “Id por todo el  mundo y predicad el evangelio a toda criatura”

El presentarle a una persona el evangelio es para muchos un gran reto, pero también es un privilegio que Dios nos use para llevarles su palabra, para ayudar a instruirles y que así puedan reconocer a su Salvador, ayudándoles a decidir hacer un cambio en sus vidas. Sin embargo, nuestro Señor es un Dios recursivo y puede para esta tarea usar a muchas personas, por lo que el ir y hacer discípulos por todo el mundo (como nos dejó establecido), implica ir plantando y regando la semilla poco a poco, hasta que un día está lista para volverse a su Creador para que estas personas hagan un alto en su andar vacío y sin sentido, y puedan encontrar el propósito de Dios para ellos.

Quizás a quienes Dios puso en nuestro camino, nunca les volvamos a ver y no lleguen a saber cómo ellos o ellas fueron usados por Dios. También puede ser que les veas a menudo o todos los días: un hermano, hermana, mamá, papá, o los que fueron tus maestros, pero a veces no nos detenemos a pensar cómo fue que llegamos a Cristo, y esto es algo no sólo importante sino que es maravilloso devolvernos a ver cómo Dios nos llamó y cómo Él en su plan perfecto planeó todo para que hoy esté en nuestra vida, y contemos con su amor y favor incondicional.

Él nos dice en Jeremías 1:5a “Yo te elegí antes de que nacieras”; ni tus papás sabían que ibas a venir al mundo y no importa si fuiste esperado por tu familia o no, Dios ya tenía todo planeado, Él marcó tu camino. Y como antes veíamos, Dios es recursivo y puede usar medios infinitos para llegar a los que ha escogido, pero en nuestra vida, usó específicamente a ciertas personas para empezar su obra. Puede que en este momento tengas ya en mente a esos compañeros, amigos, maestros o a tu papá o mamá que te hablaron más de una vez, que oraron por vos o que te dieron una palabra de aliento con un mensaje que caló en tu corazón y que permaneció hasta que llegaste a los pies de tu Salvador.

Si algo es claro, es que nada es casualidad, simplemente las casualidades ¡No existen! porque Dios tiene control en cada cosa, en cada pequeño detalle y en cada persona que usó para predicarnos de su amor. A estas personas llamo instrumentos de bendición, pues fueron comunicadores de la verdad, una verdad que nos hizo libres.

Por eso hoy te invito a que agradezcamos a Dios por aquellos que se dejaron usar por Él, por quiénes nos instruyeron y oraron para que nuestra corazón encontrara la fuente de vida, para que no fuéramos condenados ni en vida ni en muerte ¡porque somos Salvos!

Agradezcamos a Dios por sus vidas, por el esfuerzo y compromiso de cada uno de los maestros, amigos, conocidos o hermanos que plantaron esa semilla que hoy por hoy si sigues regándola y entregándote a Dios dará grandes frutos. Pero así como ellos o ellas se dejaron usar, y conocimos esa maravillosa verdad, también Dios nos está llamando ahora para seguir compartiendo de su amor.

Que privilegio ahora ser nosotros los que cumplamos con esta tarea, por eso dejémonos usar por Dios, para que así como él colocó a varios en nuestro camino, ahora podamos ser nosotros para muchas otras vidas: instrumentos de bendición.

Bendiciones.

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